En lo alto de la sierra de Ancares, en el vértice olvidado en que tres confines de tres remotas tierras se unen para dar lugar a uno de los más importantes reductos naturales y culturales de la tradición celta, allí donde hace ya años el reloj detuvo sus agujas para forjar una población arraigada en ya olvidadas tradiciones, se halla el camping Pereda de Ancares, en pleno corazón del valle de origen glaciar cuyo nombre comparte el río de aguas frías y orillas enigmáticas que lo
recorre y bautiza sus pueblos a la vez que sacia la sed de tierras de paradigmática belleza.
En el límite de tres comunidades, Asturias, Castilla y Galicia, en el nacimiento de la Cordillera Cantábrica, coronan el Valle los picos Cuiña, Mustallar y Miravalles de casi 2000m de altitud en un enclave natural cuya fauna y vegetación extraordinarias hacen de la zona el lugar perfecto en que perderse entre los miles de caminos y senderos de sus montes, arropados por un frondoso e inexpugnable manto de castaños, acebos, robles o encinas y donde poder contemplar, si tenemos suerte y como espectadores de excepción, los últimos ejemplares de lo que en otros tiempos fuesen cuantiosas poblaciones de osos
pardos, lobos ibéricos, corzos, venados y apenas ya existentes urogallos.
Recientemente catalogado como reserva de la Biosfera por la UNESCO, el Valle de Ancares conforma una tierra tranquila en que olvidarse de las prisas y la tecnología para poder perderse en uno mismo disfrutando de los reconfortantes paseos que la insuperable belleza de sus entretenidas rutas nos ofrece a través de una red de asequibles caminos perfectamente indicados y señalizados
donde degustar el paso del tiempo detenido aquí y contemplar fauna y flora en estado puro además de multitud de construcciones de antaño, algunas ya sólo ruinas en la actualidad, y otras en perfecto estado de conservación como la que constituye la más pintoresca e imprescindible de las edificaciones de la zona, la palloza, casa típica y método de supervivencia de un pueblo en que otrora convivían, bajo un mismo techo, personas, animales y vituallas, permitiendo así soportar y sobrevivir a los largos y duros inviernos que podían, en ocasiones, imposibilitar la salida de la misma durante días e incluso semanas, en que las copiosas nevadas de otro tiempo incomunicaban poblaciones y valles durante meses.